20 de Noviembre de 2017

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La emergencia del ahorro

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La afirmación de que hay que invertir más para lograr mayor crecimiento, es un lugar común entre políticos y analistas.

Muchos “saberes populares” están vacíos de contenido y carecen de sustento, tanto empírico como teórico. Este, aparentemente, no sería el caso.

El siguiente gráfico contrasta el promedio de la tasa de inversión contra el crecimiento promedio anual para el período 1960-2015 y una muestra de 57 países que abarca a desarrollados, subdesarrollados y emergentes.

Puede apreciarse como la nube de puntos se agrupa de en sentido ascendente, enseñando que la inversión y el crecimiento están positivamente correlacionados (sin decir nada acerca de la causalidad de la misma relación).



A buenas y primeras no puede refutarse la aseveración, sin embargo vale la pena completar esta noción popular: para crecer hay que invertir… y para invertir hay que ahorrar. Un repaso sobre distintas teorías económicas puede arrojar algo de luz al respecto.

La Teoría General de J.M. Keynes marcó un antes y un después tanto en la teoría económica como en la forma en que pensamos la política macro. El texto tiene un desarrollo teórico tan poco claro que ha suscitado una interpretación distinta por cada lector del libro. De ahí que haya debates acerca de lo que dijo Keynes, lo que no dijo, lo que quiso decir o lo que “realmente” quiso decir.

Sin importar el resultado de estos debates (que difícilmente arriben a algún puerto fructífero), hay una noción del keynesianismo que representó un quiebre: la idea de que la inversión antecede al ahorro. Los keynesianos, a raíz de su mecanismo de “multiplicador”, dieron vuelta la tan intuitiva y tradicional idea de que hay que ahorrar para poder invertir.

Como consecuencia de desatender la financiación del gasto, los modelos keynesianos de crecimiento repetidamente se quedaron sin explicaciones ante los distintos episodios de estancamiento.

A partir de los modelos keynesianos de crecimiento a la Harrod-Domar, grandes organismos internacionales de crédito implementaron importantes políticas de financiación de inversión en países sub desarrollados, sin mayores resultados en materia de crecimiento económico de largo plazo: el proceso se detenía debido a la dificultad para obtener divisas (la llamada restricción externa) para importar los equipos de maquinaria e insumos.

Entonces estos modelos tuvieron que adaptarse para sobrevivir, dando origen a los modelos de “dos brechas” que incorporan la brecha externa. En la década de los 80 la crisis de deuda castigó a las economías de América Latina, generando un nuevo ciclo de estancamiento. Nuevamente tuvieron que agregar otro parche a estos modelos, la “brecha fiscal”.

El modus operandi es claro: enmendar el modelo agregando apéndices cada vez que se da de bruces contra la realidad. A esta altura al lector no debería sorprenderle que algunos autores keynesianos hayan hablado de una cuarta brecha para explicar el estancamiento durante la década K.

El problema es que los keynesianos intentan examinar el largo plazo con herramientas de corto, no pudiendo distinguir entre crecimiento genuino y ritmos insostenibles propios de recuperaciones transitorias. Hablar de la sostenibilidad del crecimiento implica ampliar el alcance del análisis pero no necesariamente debemos complejizar la explicación con muchas variables más. Una perspectiva neoclásica de las restricciones presupuestarias puede ser reveladora sin perder la sencillez.

Veamos algo que se enseña en el primer año de economía: restricciones de presupuesto macroeconómicas. Las identidades contables están más allá de cualquier teoría o escuela de pensamiento: seas keynesiano, monetarista o marxista tenés que respetar el cumplimiento que imponen las restricciones. De las identidades contables macroeconómicas se desprende que el balance de la cuenta corriente del país es igual a la diferencia entre ahorro doméstico y la inversión doméstica.

Es decir, un incentivo desmedido a la inversión sin contracara en el ahorro tiene como consecuencia inevitable caída de reservas internacionales o aumento del endeudamiento externo. O dicho de otra manera, si una economía en su conjunto gasta por encima de sus capacidades, necesariamente está des-ahorrando activos externos para importar el excedente de gasto.

Los déficits no son gratis, un saldo de cuenta corriente negativo impone una condición acerca del perfil intertemporal de la decisión consumo-ahorro-inversión.

En Argentina puntualmente la situación de ahorro deficitario proviene del sector público, de manera que el desbalance fiscal deriva en déficits de cuenta corriente que de ser sostenidos a la postre pueden terminar en estrangulamiento de divisas (segunda brecha keynesiana) o crisis de deuda (tercer brecha keynesiana).

La economía argentina desde hace décadas se mueve pendularmente, incapaz de crecer de manera sostenida en un horizonte razonable de tiempo. La inversión es una condición necesaria (no suficiente) para el crecimiento, pero depende del ahorro poder darle un marco de sustentabilidad a estos procesos.

Nos ilusionamos con “tasas chinas” de crecimiento en cortos períodos que luego terminan colapsando. Es natural: mientras que los chinos ostentan una tasa de ahorro de casi 50 puntos del PBI la de Argentina no llega el 20%.

La salida gradualista financiada con deuda externa que ensaya el Gobierno permite sortear con holgura la coyuntura social de corto plazo en un país con una alta dependencia del Estado en materia laboral.

El costo de esta estrategia reside en el sostenimiento de un sector público que des-ahorra a gran escala por un lado, y en el aumento de la exposición a los shocks en la economía global, por el otro.

Ajustes en la tasa de interés internacional o la aparición de nuevos cisnes negros que deriven en una reversión de flujos de capitales complicarían la maniobra gradual. El “largo plazo” puede estar a la vuelta de la esquina.

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